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Fernando
Vigorena
Director Escuela de
Ciencias Empresariales de la
Universidad Autónoma del
Sur-Temuco
Educar
viene del latín Educare, que significa "sacar para afuera",
pero al parecer todavía la Universidad del siglo XXI está más orientada
en "colocar más información" a los alumnos en sus mentes que
enseñarles a pensar.
Una
Universidad que forma "clones", jóvenes que no están
dispuestos a "cambiar el mundo" o el estatus que en que están
las cosas, sino más bien para adaptarse a las circunstancias, que piensan
igual y que se enorgullezcan de tal hecho.
En un
mundo donde el conocimiento, y mucho más la información, tiene fecha de
vencimiento igual que el yoghurt, necesitamos re-pensar la Universidad
como un todo.
Al
parecer la Universidad esta perdiendo el rol de generadora de nuevos
conocimientos ¿o será que ya no esta interesada en cumplir ese rol?.
Me llama
la atención el despliegue publicitario de muchas Universidades Latinas y
en el mundo, que privilegian el tamaño de sus dependencias, bibliotecas,
número de carreras, acuerdos internacionales y lo que es común en todas
ellas, lo que se suele llamar "Excelencia académica", que en
buen castellano significa que "no hay cambio alguno, todo se hace
igual que siempre".
Todo
esto ha llegado a la Universidad a distanciarse cada vez más de el
"mundo real"; de la empresa, de las necesidades del nuevo mundo
en que vivimos. Su principal enemigo , la internet y los cambios de
paradigmas y el misterio que rodea los miles de millones de pesos que se
invierten en investigación, muchas de ellas que sólo benefician a un
círculo cerrado.
Es
necesario entender a la Universidad en una función formadora,
conceptualizada como una unidad de generación de valores, como un paso en
el desarrollo del ser humano, como una entidad educativa y no solo
informadora.
Debemos
pensar en Universidad como la valorización de diferencias y talentos y no
una escuela vocacional capacitando y formado gente para un oficio
particular.
La vida
de los oficios es ahora muy corta si se a compara con la vida profesional,
lo que hace necesario preparar un hombre no solo para el presente, sino
también para el futuro.
No
debemos olvidar que la Universidad esta obligada a descubrir los talentos
y capacidades de cada persona, desarrollándose, permitiéndole que todo
eso se abra como una flor en primavera.
A la
gente hay que interesarla por cuestiones que a lo mejor nada van a tener
que ver con su profesión inmediata. Esa será la forma de que, después,
en ese primer puesto de trabajo, se destaque por la creatividad, por
realizar cosas diferentes a los demás. Ahí reside la clave de la
eficacia frente a la competitividad.
Efectivamente,
las Universidades han sido siempre un poco islas. La idea de los campus,
por ejemplo, es la de un relativo aislamiento de las presiones inmediatas.
Ello porque el Universitario debe prepararse no para adaptarse al entorno
sino para cambiarlo. Y para ello, el estudiante debe desentenderse un poco
de lo inmediato. Así es más importante que lea libros que periódicos.
Lo que hay que enseñar es, claramente , a pensar.
Lo más
importante es una Universidad no es que se construyan edificios, sino que
se generen nuevas ideas. Esa es la verdadera obligación de un directivo,
de un rector.
Formar a
un ser humano que este más adentro que arriba, es decir, influir más que
mandar, las ideas más que el poder. Que el amor a la verdad sea más
fuerte que el afán del poder.
Necesitamos
dar el paso de una sociedad en la que lo dominante no sea el racionalismo
político y económico a otra en la que lo que despunte es la solidaridad,
la cultura... todos esos aspectos emergentes de la vida. Una sociedad en
lo que el mundo vital posea más importancia que la tecno estructura.
Todo
esto me lleva a pensar en una re - invención de la Universidad como
sugiere el Profesor Varela del ICESI de Colombai, "que no solo
produzca ejecutivos, funcionarios, empleados y burócratas, gente
dependiente, para favorecer organizaciones establecidas.
De una
universidad que produce adeptos, seguidores y empleados, para llegar a
producir líderes empresariales, favorecer la creación de nuevas
organizaciones, producir individuos innovadores independientes capaces de
asumir los riesgos propios a la creación de nuevos emprendimientos".
Gente
que no valga por lo que sabe, sino por lo que hace con lo que sabe.
Se puede
asegurar que una vida que merece la pena vivirse es la de una gran idea
tenida en la juventud y desarrollada en la edad madura Pero
lamentablemente estamos acostumbrados a recibirlo todo desde arriba. Una
visión demasiado jerárquica y estamental todavía, en la que la
burocracia y el mercantilismo siguen teniendo mucha importancia, en cambio
creemos menos en la libertad concertada de los ciudadanos.
Debemos
aportar más por la vida, no tanto por la organización y si por las
ocurrencias, la deportatividad, la jovialidad, el aire fertivo, incluso,
por lo divertido. Ortega y Gaset, lo llamaba "voluntad de
aventura".
Eso es
lo falta en las Universidades latinas.
Pero ¿cómo
se aprende esa voluntad de aventura en nuestras universidades? Bueno, con
lo que esta más a mano; con la lectura. Latinoamérica, es un continente
donde se edita o llegan muchos libros, pero desgraciadamente, se lee poco.
Pocos buenos periódicos, pocas revistas de valor, pocos libros. El latino
es dialogante, diría mejor, oyente, una persona irreflexiva, medita poco.
Hay un
desprecio hacia las humanidades, la filosofía, el arte.
Porque
en definitiva, un empresario aprende las cuestiones técnicas con relativa
facilidad. Estas además cambian constantemente. O sea, lo técnico varía
y se aprende pronto. En cambio, lo humano es lo que permanece y lo que es
más difícil de aprender. En una empresa, en una organización de
cualquier tipo. El 90% de los problemas que se plantean son humanos, de
análisis de situaciones, de tratos con personas, de relaciones. Los
grandes errores se cometen por dejarse llevar exclusivamente por las
técnicas.
Debemos
modificar sustancialmente el concepto de que los profesionales no deben
estar expuestos al riesgo y que deben buscar empleos estables y seguros.
Por lo tanto hay que habilitar profesionales con capacidad y deseos de
tomar riesgos y saber transformarlos en realizaciones.
Se hace
necesario entender que el profesional universitario no solo está
habilitando técnicamente, sino que debe además poseer formación
intelectual, valórica, ética y moral, características que lo
transformen en ser solidario y completo.
Recordemos
que la persona es el objeto de la educación y no la profesión.
Debemos
lograr que nuestra cultura tenga conciencia de que el ejercicio
profesional de este siglo esta vinculado a un nuevo paradigma, que va más
allá de mantener un puesto y que el éxito de un profesional se mide
ahora no con el parámetro del titulo del cargo y el sueldo percibido.
La forma
de medir el éxito profesional en el siglo XXI es a través del logro, la
autorealización, el desarrollo de carácter, la independencia, la
responsabilidad social, el ser generador de empleo. También por el
número de personas que derivan su sustento de la acción del profesional,
contribución económica al país, producción intelectual, solidaridad
con los otros, etc.
Se hace
imperante desarrollar el valor de la autosuficiencia, para salir del molde
del empleo como forma exclusiva de desarrollo, para desarrollar la
flexibilidad mental para buscar un mayor desarrollo emprendedor y
profesional en nuestros países
Debemos
entregar a nuestros profesionales una perspectiva de largo plazo no solo
en sus decisiones organizacionales, sino también en sus actividades
personales.
Entre
todas las opciones profesionales me inclino por el desarrollo de la
capacidad emprendedora, no entendida solo como la creación de empresarios,
sino como la habilidad para llevar a cabo acciones que generan resultados.
Tema que trataré en una serie de articulos sobre la Universidad del Siglo
XXI
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